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miércoles, 1 de junio de 2011

¡Acuérdate de tu Creador!

Extracto sobre Eclesiastés

El último capítulo del libro del Eclesiastés se dirige de una manera muy particular a la juventud y nos detendremos un poco en ello. Este capítulo se presenta con una exhortación afectuosa, pero al mismo tiempo con una advertencia solemne: “Acuérdate de tu Creador a los días de tu juventud”.

El predicador acompaña su exhortación con un bello cuadro que tiene por objeto mostrar lo que se puede esperar aquí en la tierra. ¿Cuántas ilusiones nos hacemos en cuanto a este mundo, cuando somos jóvenes? Pensamos siempre que el futuro será mucho más hermoso que el presente, que siempre podrá hacerse más fácil lo que deseamos sea bien o sea mal. ¡Por desgracia, nos engañamos! Las realidades de la vida vienen pronto a disipar una a una toda esta ilusión.

Posiblemente algunos de ustedes han tenido padres muy comprensivos; y si se encuentran de momento alejados del techo paterno, sin duda piensan frecuentemente en la ternura de sus buenas madres que no dejaban de ocuparse de su bienestar, y de cómo les proveían sus cuidados tan dulces, tan afectuosos. ¡Apenas podían negarles algo! Se podían considerar entonces como dueños de la casa, y pensaban que todo debía ceder delante de su pequeña voluntad. Pero entrando a clases y estando en relación con personas que, realmente buscando vuestro interés, no pueden sin embargo tener para con ustedes el mismo cuidado que la madre, no tardarán entonces en descubrir que en el mundo hay voluntades más fuertes que la suyas, y esto les proveerá la ocasión de aprender que la obediencia cuesta menos que la terquedad y la insubordinación. ¿Aun sueñan con tener bellos días futuros cuando serán libres para hacer su voluntad, libres de todo el freno de sus padres y maestros? En este caso tendrán que experimentar que el mundo es aun más severo que sus maestros, y esto con una diferencia muy grande entre la severidad que encontraban en ellos y sus padres. El mundo no sabe amar; toma consideración sólo en aquéllos de quienes espera sacar un poco de provecho. Tendrán que encontrarse con el mundo, hacerle frente a todas las preocupaciones que se encuentran allí; en un momento u otro tendrán que entrar en todas las realidades de la vida, y hacer la experiencia, si Dios los deja en la tierra. Las fuerzas en las cuales el joven se regocija se van mucho más rápido de como han llegado, y nos volvemos así más y más dependientes de aquéllos que nos rodean.

Son verdaderamente felices quienes han aprendido, desde el comienzo de la vida, a caminar en la dependencia de Dios, en sumisión a Su santa voluntad. Pueden ser felices incluso en las circunstancias más penosas, porque saben que todas las cosas ayudan juntas para su bien. Aman a Dios; aman servirLe, conocerLo, andar en Su comunión.

Es imposible ser independiente en este mundo. Creemos serlo algunas veces, o bien nos esforzamos en serlo; pero no lo conseguimos. El diablo es el dueño aquí abajo. Sólo el Hijo de Dios puede liberarnos. Cuando uno es hijo de Dios, es independiente del mundo, porque pertenecemos a Jesús Quien le venció.

¿Qué tendremos que esperar durante el tiempo que somos llamados a vivir sobre la tierra? Sólo días malos, si se desea buscar algo aquí abajo. Pero hay una alegría ya sobre la tierra para los que aman a Dios. Es por esto que aún se oye la voz del predicador, y para ti también resuena, diciendo:
“Acuérdate de tu Creador a los días de tu juventud”.

Adrien Ladrierre

Comprado

En una modesta casa, una joven de 21 años se moría a causa de una grave enfermedad pulmonar. La madre, sentada al lado de la cama con su corazón destrozado, contemplaba el pálido y delgado rostro de su hija, que antes rebosaba en vida y salud. Su dolor, guardado desde hacía mucho tiempo en su corazón, de repente prorrumpió en sollozos convulsivos. La moribunda abrió los ojos y dijo:

- ¡Mamá!

- ¿Qué quieres hija mía?, preguntó la madre inclinándose tiernamente hacia ella.

- Mamá, cuando compras alguna cosa en la ciudad y la has pagado, ¿no tienes derecho a llevarte a casa el objeto adquirido?

- Por supuesto, hija mía.

Los ojos de la enferma se iluminaron, y con una voz lenta y solemne dijo:

- Mamá, Cristo me ha comprado por elevado precio; ¿no tiene derecho a llevarme junto a él?

La pobre madre bajó la cabeza, y el corazón oprimido y destrozado pronunció un «¡sí!»

Querido lector: ¿Conoce usted a aquel que le compró, y sabe a qué precio? ¿Descansa su corazón en la obra de la cruz y en su gran amor? ¿Sabe que Cristo le rescató para él? (Tito 2:4). Recuerde estas palabras: "Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo" (1 Corintios 6:20).

G. B. F.